martes, 9 de septiembre de 2014

Capitanes de la arena

  • Título: Capitanes de la arena.
  • Título original: Capitaes da Areia.
  • Autor: Jorge Amado (1912-2001).
  • Año de publicación: 1937
  • Edición: Alianza Editorial, Madrid, 3ª reimpresión, 1995, 276 páginas
  • Traducción: Estela Dos Santos.

 

Al igual que obras como Cacao o Sudor, Capitanes de la arena se inscribe en el primer período de la trayectoria literaria de Jorge Amado, el cual está jalonado por novelas elaboradas desde una óptica claramente crítico-social bajo la que los aspectos estéticos queden subordinados a fines éticos y políticos. En concreto, la novela sobre la que se pretende llamar la atención en este artículo intenta despertar la conciencia ciudadana ante el problema de los niños sin hogar que por los años veinte y treinta del siglo XX  pululaban  por las grandes urbes brasileñas, especialmente en Salvador de Bahía, ciudad en la que se desarrolla la acción.

Los capitanes de la arena son los componentes de una banda de estos niños bahianos cuya edad oscila entre los 6 y los 16 años, que  tiene su campamento en un depósito abandonado junto a un arenal; no se trata de una pandilla más, sino de un grupo que destaca por la disciplina y conciencia colectiva que preside el comportamiento de sus miembros, características que les hace especialmente temidos entre los ciudadanos considerados de orden. Esta cohesión  grupal se manifiesta en la capacidad de los capitanes de la arena para perpetrar robos en diverso grado o repartirse  a las chicas, pero también en la aplicación de un código moral que tiene en la solidaridad su valor fundamental y en la traición su transgresión más flagrante.

En esta novela, Jorge Amado parte del supuesto de que las conductas de los capitanes de la arena y otras bandas de niños de la calle que son consideradas como reprobables por gran parte de la sociedad no tienen su base en las estructuras anímicas de estos chicos sino en el egoísmo de quienes disfrutan de la riqueza y, por extensión, en instituciones como la prensa, la iglesia, la policía o el reformatorio que no hacen más que reforzar el orden social establecido. Ahora bien, Capitanes de la arena no es una obra meramente propagandística ya que encierra un cierto potencial estético que se manifiesta en el método de configuración de algunos personajes, en la tensión producida entre ética y moral y en el lirismo moderado que impregna  muchas de sus páginas.

 

De manera contraria a lo que sucede con gran parte de las novelas de crítica social, las cuales inspiradas por concepciones estéticos y técnicas compositivas de raíz naturalista y objetivista deshumanizan a los personajes provocando en el lector un cierto distanciamiento, Jorge Amado pone gran énfasis en la plasmación de la dimensión humana de los capitanes de la arena. Con tal fin, penetra en el interior de los personajes socialmente más desfavorecidos, mostrando al lector la variada gama de sentimientos, razonamientos y dilemas que actúan sobre ellos. Así, el Profesor se nos presenta dotado de una fina sensibilidad artística; Pirulito, gracias  a la positiva influencia del padre José Pedro, arrastrado por la devoción religiosa, abandona su vida de ladrón callejero y Pedro el Bala, el jefe del grupo, cuyo padre había sido asesinado por las fuerzas del orden mientras participaba en una huelga,  debido al amor de Dora, se eleva espiritualmente, aunque no en sentido religioso, transformándose considerablemente su percepción de la realidad en general y su actitud hacia las mujesres, en particular. Pero tal vez sea el Sin Piernas el personaje mejor logrado de la novela debido a la tensión que encarna entre, por un lado, un profundo sentimiento de odio y resentimiento derivados de su cojera y de las múltiples humillaciones sufridas y, por el otro, la necesidad de afecto.

Una de la mayores deficiencias artísticas de Capitanes de la arena radica precisamente, como sucede en  gran número de novelas de  este tipo, en que, salvo alguna excepción, los personajes pertenecientes a la alta sociedad o a las instituciones del poder, policías, el director y demás trabajadores del Reformatorio etc, no están configurados conforme al mismo método sino que están trazados de manera muy esquemáticos y carentes de cualidades empáticas hacia  los sufrimientos de las personas socialmente más desfavorecidas; son seres egoístas y brutales.

 

La trágica trayectoria del Sin Piernas resulta muy paradigmática del conflicto antes aludido entre las esferas de la ética y la moral. Explicadas de una manera muy simplificada, digamos que lo ético hace referencia a una especie de relación entre individuos que apuntaría hacia un tipo de universalidad propiciada por las peculiaridades de los seres humanos y por extensión de algunas especies animales, mientras que lo moral hace referencia a los deberes del individuo hace ciertos grupos en los que se encuentra inmersos; así, por ejemplo, virtudes como la generosidad o la fraternidad entre todos los seres humanos se inscribirían en el ámbito de la ética, mientras que la solidaridad o la decisión de participar o no hacerlo en una huelga corresponderían a la esfera de lo moral. En el episodio que lleva por título "Familia", el Sin Piernas es introducido en una casa acomodada con la finalidad de robar una serie de objetos valiosos, siendo preciso que primero se gane la confianza de los miembros de la familia, lo cual resulta bastante fácil debido a que estos ven en él a un idóneo substituto de un hijo de corta edad al que habían perdido. El Sin Plernas ve cómo, por primera vez en su vida, alguien ajeno a los capitanes de la arena le trata de manera considerada, produciéndose así en su espíritu una punzante colisión entre  la gratitud que debe hacia la bondad de una familia que se decide a acogerle como si de un  hijo se tratara y la fidelidad hacia su banda, la cual de manera implacable le apremian para  que de una vez por todas les ofrezca las claves necesarias para llevar a cabo el golpe. El lector encontrará otra escena similar en lo esencial en el episodio en el que Pedro el Bala intenta violar a una adolescente casi niña. La experiencia del Sin Piernas a la que nos acabamos de referir matiza un tanto la tesis según la cual en las primeras novelas de jorge Amado el bien es patrimonio de los pobres y los vicios de los ricos.

 

El lirismo de Capitanes de la arena se manifiesta en la descripción de los sentimientos, de los paisajes urbanos y de la naturaleza o de la interacción entre estos elementos. En este sentido, sirva como muestra el siguiente fragmento, el cual expresa la evocación que Pedro el Bala hace de Dora que se había convertido a la vez en madre y musa de muchos de los capitanes de la arena:

 

"Nada, nada sin parar. Ve a Dora delante de él. Dora, su esposa, los brazos extendidos hacia él. Nada hasta que se queda sin fuerzas. Entonces flota, los ojos en las estrellas y en la gran luz amarilla del cielo ¿Qué importa morir cuando se va en busca del ser amado, cuando el amor nos espera?

¿Qué importa que los astrónomos digan que fue un cometa que pasó por Bahía esa noche. Pedro el Bala vio a Dora hecha estrella, yendo hacia el cielo. Había sido más valiente que todas las mujeres (…..). Tan valiente que antes de morir, aunque era una nena se había entregado a su amor. Por eso se volvió estrella en el cielo. Una estrella de larga cabellera rubia, una estrellla como nunca había tenido una noche de Bahía.

La felicidad invade el rostro de Pedro el Bala. Para él también vino la paz de la noche. Porque ahora sabe que ella brillará para él entre las mil estrellas del cielo sin igual de la ciudad" (Capitanes de la arena, págs 226-227)".   

 

Esta dimensión lírica viene propiciada, en gran medida, por el tono épico con que Amado reviste las andanzas de los capitanes de la arena, los cuales guardan con la ciudad de Bahía una relación que, en ocasiones, resulta privilegiada: "Vestidos de harapos, sucios, semifamélicos, agresivos, mal hablados, fumadores de colillas, eran los dueños de la ciudad a la que conocían totalmente, a la que amaban totalmente, eran sus poetas." (pág. 22). Los capitanes de la arena, además de ser osados y eficaces en atracos y de burlar a la policía en la misma comisaría o de preparar con éxito la evasión de su jefe del Reformatorio, humillando así al cruel y fatuo director, se muestran valerosos en la pelea con otras bandas rivales y saben gozar como nadie de las fiestas de la ciudad. Y es que la libertad es un tesoro valioso para ellos. Ahora bien, Jorge Amado no se hace demasiadas ilusiones respecto a la libertad, pues sabe que ésta precisa de otros derechos como la seguridad, pues de lo contrario no queda más remedio que pagar un alto precio, como se puede apreciar en estas reflexiones del Sin Piernas:

 

"Lo que él quería era felicidad, alegría, huir de esa miseria, de toda esa desgracía que los envolvía y los estrangulaba. Es verdad que en las calles había gran libertad. Pero también había la carencia de afecto, la falta de alguna palabra de cariño" (pág. 31)

 

Pero incurriríamos en un error si, llevados por el sentido de este fragmento, extraemos la conclusión de que el significado de Capitanes de la arena  se agota en un mensaje meramente ético, pues no es el Sin piernas sino Pedro el Bala quien, gradualmente, y, en el marco de las enormes limitaciones intelectuales propiciadas por las condiciones materiales en las que se ha desarrollado su peripecia vital, accede al grado de conciencia social que expresa la perspectiva que preside la novela.. Ante él se presentan varias trayectorias: la del buen padre José Pedro y el Pirulito que creen seguir a Dios, la de Volta Seca, que regresa al Sertón para unirse a los bandoleros que actúan justicieramente, o la del Gato, que muy pronto se convierte en un chulo destinado a hacer fortuna en el mundo de la prostitución de la ciudad; pero es consciente de que todas ellas resultarán estériles o, cuanto menos,  dejarán las cosa como están sirviendo, en mayor  o menor medida, a la reproducción del orden social.  Pedro el Bala necesita ir más allá de la piedad cristiana y del odio que se termina apoderan del Sin Piernas, de los bandoleros y de la propia mitología afroamericana que presenta a sus deidades como espíritus dotados de poderes sobrenaturales que actuarían justicieramente, espíritus que, por cierto, como el lector podrá apreciar, resultarán burlados cuando  la viruela negra azote la ciudad. Y encontrará este más allá en la praxis social organizada que se manifiesta en los estibadores del puerto y en otros grupos de trabajadores que  se unen en una gran huelga, la cual  es presentada como el único instrumento eficaz para conseguir una sociedad más justa.

Recordemos, para terminar, que Jorge Amado escribe desde la perspectiva de un simpatizante comunista que militará en el Partido de manera muy activa, circunstancia que le llevaría al exilio en varias ocasiones.




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lunes, 4 de noviembre de 2013

Los hombres oscuros y La sangre y la esperanza

  • Título: Los hombres obscuros
  • Autor: Nicomedes Guzmán (1914-1964)
  • Año de publicación: 1939
  • Edición: Zig-Zag, Santiago de Chile, Sexta edición 1964, 209 págs

 

  • Título: La sangre y la esperanza
  • Autor: Nicomedes Guzmán (1914-1964)
  • Año de publicación: 1943
  • Edición: Siglo XX, Buenos Aires, 1947, 315 pág.

 

Nos encontramos ante dos novelas genuinamente proletarias entre las que se advierten las suficientes concomitancias como para que las tratemos conjuntamente en una misma reseña. Su autor, el chileno Oscar Nicomedes Vásquez Guzmán, es incluido por los conocedores de la literatura de este país andino en la llamada "generación del 38", la cual se caracterizaría por volver su mirada hacia los problemas sociales más acuciantes sin renunciar por ello a ciertos valores considerados por la denominada "república mundial de las letras" como más estrictamente literarios, como son el uso de metáforas, símiles, personificaciones, descripciones y evocaciones impregnadas de lirismo  etc.

Tanto Los hombres obscuros como La sangre y la esperanza transcurren en barrios pobres de Santiago de Chile, en concreto los principales sucesos que se narran en la segunda de estas novelas tienen lugar en las cercanías de la parroquia de Nuestra Señora de Andacollo y del río Mapocho. La inmensa mayoría de los personajes presentados por Guzmán viven en conventillos, esto es, construcciones situadas en urbes de países como Argentina Uruguay o Chile, semejantes a las casas de vecindad españolas; edificios en los que, generalmente en régimen de alquiler, cada familia o persona ocupaba una habitación, teniendo carácter colectivo servicios como los aseos o el comedor. Algunas de  estas construcciones  fueron levantadas ex profeso para albergar a los trabajadores de ciertas fábricas, pero gran número de ellas, no eran más que antiguas casas señoriales cuyos propietarios se habían trasladado a barrios de mayor categoría social. Estos conventillos se empezaron a construir a finales del siglo XIX para acoger a la gran masa de inmigrantes que por aquellos años llegaba a las principales ciudades del cono sur procedentes de puntos muy dispares del mundo.

El conventillo, por momentos, parece convertirse en un personaje más:

 

"Ciertamente que hay seres insignificantes que tienden a elevarse. El conventillo extático en su actitud de viejo en cuclillas y de cara acongojada, en la imposibilidad de elevarse, se entretiene por las mañanas, cuando el aire sereno le ayuda en alcanzar el cielo con los azulosos brazos de humo que alargan los cañones renegridos de sus cocinas" (Los hombres obscuros, pág. 18).

 

Este tipo de personificaciones de edificios, calles y, sobre todo, de árboles y demás elementos naturales impregnan las dos novelas que estamos comentando,  constituyendo su principal capital estrictamente estético. En este sentido, no resulta arriesgado  el paralelismo entre estos escritores chilenos y algunos de los novelistas españoles anteriores a la Guerra Civil del 36, incluidos por José Díaz Fernández bajo el rótulo de "Nuevo romanticismo".

Tanto Los hombres oscuros como La sangre y la esperanza son novelas de iniciación, e incluso de formación, pues sus protagonistas son seres que se están abriendo al mundo social que les rodea: la primera está protagonizada por Pablo Acevedo, un joven que ronda la veintena, y la segunda por Enrique Quilodrán, un niño que transita entre la infancia y la pubertad.

Ambas novelas suponen un crudo testimonio crítico de las penalidades que aquejan  a la clase obrera en particular, y en general, a toda una serie de seres que carecen de los bienes materiales básicos. Todos ellos constituyen los hombres oscuros que protagonizan y dan título a la primera de estas obras; se trata de "obreros, peones, mozos, costureras que se amanecen pedaleando, lavanderas que consumen su vida curvadas sobre la artesa, rateros y putas, una de las piezas la ocupan dos maricones que realizan por la noche fiestas y bailoteos a los que acuden amigos indecentes y sinvergüenzas" Los hombres oscuros, pág. 23).

El símil con el que se inicia La sangre y la esperanza nos ofrece una visión panorámica de estas gentes que es a un mismo tiempo más poética y más tangible:

 

"Bajo, de una estatura que traicionaban apenas unos cuantos edificios de dos pisos, arrugado, el barrio era como un perro viejo abandonado por el amo."

 

Si bien el joven Pablo irá afinando su percepción de la prostitución considerando a las prostitutas como víctimas de la injusticia social y, en particular, de la opresión que en todas las clases sociales sufre la mujer, su visión de la homosexualidad no experimenta ninguna modificación significativa.

Los hechos por Guzmán configurados están teñidos de un cierto tremendismo que podría ser calificado como fatalista. Si bien es cierto que acontecimientos como el fallecimiento del bebé de los Quilodrán no se relacionan con las grietas del ser social y que  el atropello del vendedor de periódicos y la tragedia que azota seguidamente a su familia o las desgracias sufridas por Zorobabel, su hermana Angélica y el padre de ambos son un tanto exageradas y gratuitas, el lector percibe nítidamente que lo esencial de los percances sufridos por los diferentes personajes tienen su fundamento en el desamparo en el que se encuentran los más desfavorecidos socialmente. Y ello a pesar de que Guzmán se ocupa casi en exclusiva de la clase obrera.

Tanto Los hombres oscuros como La sangre y la esperanza están escritas desde una misma perspectiva política: la del comunismo revolucionario. Ahora bien, mientras la primera tiene un contenido más directamente doctrinario, en la segunda, el mensaje político se encuentra un tanto más disperso. Y es que La sangre y la esperanza se presenta como una especie de fresco de la vida proletaria en el que se configuran los pros y, sobre todo, los contras  de las peripecias cotidianas de una familia de trabajadores y su entorno. Ambas novelas, al igual que  otras obras inspiradas directamente  por el comunismo, sobre todo en las décadas de los treinta y los cuarenta, concluyen con un mensaje contundente: la imposibilidad del sistema democrático, al menos en su versión más puramente liberal y "burguesa", para articular un espacio social capaz de ofrecer calidad de vida para los ciudadanos más desfavorecidos.

 

"`¡Sí traidores – Habló mi padre, sosteniéndose el pañuelo en la boca – traidores…. ¡Y creamos en la democracia y apoyemos con nuestra fuerza a los maricones de la política. Se especula con nuestra honradez. Y nosotros siempre con la fe puesta en los que saben engañarnos con más bellas palabras. Traidores….¡"(La sangre y la esperanza, pág. 297).   

 

Esta hostilidad hacia el sistema democrático la expresa el tranviario Guillermo Quilodrán, padre de Enrique, después de haber sido gravemente herida por la policía en el curso de una manifestación en apoyo de la explotación sufrida por ciertos gremios y de la indefensión en la que se hallaban los trabajadores del salitre que habían perdido su empleo. Recordemos que, a principios del siglo XX, gran parte de la riqueza chilena procedía del salitre, situación que cambió radicalmente a partir de la Primera Guerra Mundial debido a que este producto, gracias a un químico alemán, se pudo obtener sintéticamente, descubrimiento que supuso un golpe letal para la economía de Chile[1].

 Los hechos que se narran en La sangre y la esperanza se sitúan  muy a principios de los años veinte – Los hombres oscuros transcurre en la década de los treinta - en un período en el que la presidencia de Chile estaba en manos de Arturo Alessandri, quien para acceder al poder precisó de cierto apoyo de las clases populares, a las que a cambio, prometió una serie de leyes  tendentes a mejorar sus condiciones sociales. Pero, al menos en un principio, estas promesas apenas si se pudieron llevar a cabo. Además, en esta novela se apuesta por la FOCH (Federación Obrera de Chile), la primera gran corriente de unidad sindical del país, la cual tras una serie de disputas, se inclinó por el Partido Comunista, liderado en Chile por el legendario Luis Emilio Recabarren, a quien tanto en Los hombres oscuros como en La sangre y la esperanza, se alude positivamente.

Guzmán expresa literariamente la tesis de que la naturaleza es una categoría social, afirmación sostenida sin tapujos por Lukács en Historia y consciencia de clase. Entre los barrios obreros que nos presenta y las fuerzas de la naturaleza se produce un constante intercambio de significados que se irá modulando en función de los estados de ánimo de los protagonistas y, sobre todo, del tipo de fenómeno meteorológico que predomine en cada caso. Esta relación entre naturaleza y sociedad puede ser de complicidad, pero en ocasiones, es tensa, convirtiéndose los elementos atmosféricos en aliados de la opresión social que atenaza al barrio como, se puede apreciar en el siguiente fragmento:

 

"Aquella tarde llovía a mares. Lluvia gruesa, vital, lluvia como yegua encabritada, coceando, piafando. El viento afilaba sus cuchillos contra las calaminas de las casas miserables (…..) Graznaban las campanas de Andacollo ante el afán endemoniado del viento" (La sangre y la esperanza, pág. 145).

 

En este sentido, en La sangre y la esperanza se hace un especial acopio de una serie de metáforas y personificaciones un tanto descarnadas que si bien pueden leerse como el intento de lograr una aproximación genuinamente proletaria a la literatura, en algún momento tienen algo de forzado, incluso de lirismo malogrado como, por ejemplo en:

 

 "Roncos panderos de agua tocó por muchos días el viejo invierno. Los grises días caminaban por la calle con los harapos chorreantes, estirando las famélicas manos pordioseras" (pág. 119)

 

Las narraciones de Nicomedes Guzmán se insertan en toda una corriente de obras de arte que expresan, con mayor o menor acierto estético, según los casos, las esperanzas y las frustraciones, o las frustraciones y las esperanzas – depende de si apreciamos la botella medio llena o medio vacía – de las clases populares chilenas. Al leerlas, muchos lectores evocarán ciertos poemas de Neruda, conocidos y sentidos canciones e himnos de Víctor Jara Quilapayún e Inti-Illimani o, tal vez, imágenes de películas como La tierra prometida o Llueve sobre Santiago, de Miguel Littin y Helvio Soto, respectivamente.

Hay una escena correspondiente al capítulo de La sangre y la esperanza titulado "Primero de mayo" que nos parece muy clarividente respecto a la suerte de los derechos sociales en Chile a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Nos estamos refiriendo al momento en el que Quilodrán padre dice eufórico: "Pero, carajo, me siento feliz. Los obreros nos estamos mostrando fuertes, de veras nos unimos, estamos creándonos una conciencia…"(pág. 86); palabras ante las que la madre, en principio, responde con un silencio muy expresivo:

 

"Mi madre tenía su prematuro mechón de canas caído sobre la frente Callaba, emocionada. No decía nada.. No era capaz de decir nada, Su silencio era ese silencio iluminado, ancho y profundo que para emoción del hombre se traduce en frutos de ternura por los ojos de las mujeres íntegras"    

 

Esta escena en general y, en particular, la respuesta que Laura, la madre, pronuncia a continuación - que no desvelaremos - expresan problemas de incomunicación entre sexos, así como las tensiones que los representantes obreros tienen para conciliar sus deberes públicos con sus obligaciones familiares. Pero, en concreto, en el silencio de la madre - nos preguntamos -¿aquellos chilenos cuyo pesimismo ni tan siquiera les permite ver la botella medio vacía no apreciarán un gesto premonitorio de la abundante sangre obrera que aún quedaría por ser derramada unida a las humillaciones consecuentes de la aplicación de programas políticos y económicos como los auspiciados, entre otros, por "los boys de Chicago"?.



[1] Para más información sobre el tema del salitre véase Galeano, Eduardo, Las venas abiertas de América latina, Madrid, siglo XXI, 2013, págs 182-187.

sábado, 13 de julio de 2013

el Capirote

 

  • Titulo: El capirote
  • Autor: Alfonso Grosso (1928-1995)
  • Año de publicación: 1964.
  • Edición: Barcelona, Seix Barral, 1974,  210 págs.

 

Alfonso Grosso, uno de los representantes de la novela social cultivada por la generación del medio siglo, cuya obra más célebre sigue siendo La zanja, aparecida en 1961, nos ofrece en El capirote un descarnado testimonio de la miseria material y espiritual que atenaza a gran parte del pueblo andaluz, en especial a los jornaleros del campo y sus familias, a mediados del siglo XX Esta obra está protagonizada por Juan Rodríguez López, natural de Écija a quien en la primera parte del relato nos lo encontramos como recolector de arroz en las marismas de la desembocadura del Guadalquivir. En la posada en la que pernocta junto a otros miembros de la cuadrilla de trabajadores de la que forma parte, se produce un robo del cual Juan es acusado sin evidencia de ningún tipo, pues gran parte de la fuerzas del orden y de la población encuentran razonable el hecho de considerar sospechosos de cualquier delito a los trabajadores procedentes de otros pueblos Trasladado al cuartelillo de la Guardia Civil, Juan, llevado por la fuerte presión psicológica a la que es sometido, así como por el miedo a ser torturado – en este punto la novela no es suficientemente explícita – se confiesa como el autor del robo. Pese a que, ante el juez, se declara inocente, es conducido preventivamente a la Prisión provincial, en la que pasa varios meses – la segunda parte de la novela -, en espera de un juicio que nunca llegará, pues en el momento más inesperado, un domingo a última hora de la tarde, y sin recibir explicación de ningún tipo, es puesto en libertad.

 

"No se le obligó a pasar por la oficina, porque la oficina estaba ya cerrada, ni a ira  la recepción, ni se le dijo nada, ni nada se le explicó de que fuera precisamente a cruzar de nuevo  el muro. Se le dijo sólo ""Anda"". Como si exactamente no se tratara de cerrar el paréntesis de ciento ochenta y tres días con sus ciento ochenta y dos noches, sino más bien de un indiferente gesto  de familiaridad, igual que una madre podía decir a un hijo o un hijo a una madre, o un hermano a otro hermano, como si este fuera el lenguaje natural  a emplear" (pág. 130).

 

 La tercera parte transcurre en las calles de Sevilla, ciudad en la que Juan vive como buena mente puede con las míseras ganancias que obtiene con pequeños trabajos eventuales: cargador en los muelles, repartidor de propaganda. Cuando llega la Semana santa, a Juan se le presenta la oportunidad de aumentar un tanto sus ganancias trabajando como costalero en las procesiones, pero el paso por la cárcel, aunque su novia se empeñe en concienciarse de lo contrario, no constituye un episodio de los que se pueda hacer borrón y cuenta nueva, máxime, cuando, como en su caso, se ha deteriorado seriamente su salud.

Las referencias a la explotación del hombre por aquellos semejantes que ocupan una posición más elevada en el ser social impregnan toda la novela. Frente a este orden de cosas se posicionan la mayoría de los personajes, principalmente de manera teórica, pero, ocasionalmente, poniendo en práctica su visión del mundo: como hace el capataz Genaro Infantes al desbaratar los arbitrarios propósitos del conductor de la camioneta encargada de transportar a los trabajadores arroceros. Básicamente, en El capirote se dramatizan dos ideologías contrapuestas: por un lado,la que confiere rango natural al orden social vigente y, por el otro, la que mantiene la esperanza en otro mundo posible,  regido por una ética  más altruista y comunitaria. La primera de estas cosmovisiones estaría encarnada, entre otros, por el conductor de la carriola encargada del traslado de los segadores, por los guardias civiles Puebla y Ordóñez, así como por  Pepe y la cocinera de la casa en la que trabaja la novia de Juan. Así, cuando Juan le plantea a Pepe la posibilidad de regresar al campo guiado por la esperanza de que las tierras vuelvan algún día al pueblo, sus legítimos propietarios, éste se coloca en las antípodas de todo utopismo comunitario: "Billetes es lo que necesitamos y no tierras ni puñetas. El mundo está hecho como es y no vamos a cambiarlo nosotros Tú espabila" (pág. 182). Especialmente descorazonador resulta el consejo que la cocinera le da a la novia de Juan respecta al deseo de la chica de contraer matrimonio:

 

"El no puede darte nada. Nadie puede dar nada estando la vida hecha como está. Mientras estés aquí, al menos nunca te faltaré el plato de comida y la cama caliente en el invierno, y la salida cada quince días y un hombre cuando lo necesites y lo quieras sin entregarle más que lo que puedas darle porque cuando se es pobre no se es siquiera dueña del corazón. Todo marcharía bien el primer año. A cambio de lo mal que marcharía después el resto de la vida".(pág. 156).  

   

Y el caso es que la joven, ya en la cama no tiene más remedio que reconocer que en su condición de sirvienta consiguió por primera vez una cama para ella sola, pues en el campo la había tenido que compartir bien con  su madre, bien con sus hermanas o con sus sobrinos, peleándose en invierno por atrapar un resquicio de calor  y en verano por una ráfaga de aire.

La visión vagamente comunitaria que se perfila como alternativa y que constituye la perspectiva filosófica general de la novela, la hereda Juan Rodríguez del capataz Genaro infantes: está basada en el compañerismo, la cooperación y en una especie de derecho primigenio de todos los hombres a poseer una parcela de tierra para trabajarla, en oposición al latifundismo reinante en Andalucía.

La perspectiva ético-política que vertebra la novela que estamos comentando aparece reforzada por uno de los personajes más humanos, el número de la Guardia Civil Antonio Gómez del Real quien tanto cuando se interna en sus pensamientos como en las conversaciones que mantiene con sus compañeros evidencia una moral aceptablemente postconvencional que se distancia del convencionalismo de éstos. Gómez del Real vio en el Cuerpo uno de los pocos refugios en los que a hombres procedentes de familias humildes como la suya les era posible resguardarse de los atropellos que contra los pobres cometen los poderosos .Como muestra de la relativamente más amplia visión del mundo de este personaje, remitimos al lector a sendas conversaciones que mantiene con su compañero Ordóñez  respecto a unos empresarios italianos y a las pretensiones de Emeterio, otro compañero, de casarse con una chica sobre cuya reputación se ciernen ciertos prejuicios. 

Para concluir esta reseña, hagamos una somera referencia a dos temas íntimamente relacionados: la conexión entre cultura y barbarie y la Semana Santa Sevillana. En El capirote no se sostiene como una tesis general que los documentos de cultura sean a la vez documentos que reflejen la barbarie, pero sí cómo la cultura, al menos ocasionalmente, se levanta sobre el sudor de los más desfavorecidos. Así, al pasar custodiado por la pareja de la Guardia Civil junto al monumento al Sagrado corazón  situado en San Juan de Aznalfarache, Juan recuerda que su padre falleció precisamente como consecuencia de un accidente en la construcción de dicho monumento:

 

"Seguía la huella de la mano de su padre en cada piedra, en cada ángulo, en cada vértice de la gran escalera, y la sombra de la ancha mano campesina continuaría allí mientras cada piedra del monumento siguiera en pie. Y creciera en la falda de la colina el arrayán y la grama y el romero. Y aunque dejaran de crecer algún día, porque mientras floreciera un solo naranjo, y en la fachada pincelada de añil en cada zócalo, en la colina quedaría la huella de su trabajo y de su sudor y de todos los esputos de su sangre y de su pecho (pág. 79).

 

No parece que nos encontremos ante una novela que pretenda cuestionar la existencia de Dios, núcleo de toda reflexión radical sobre la religión, pero Grosso es implacable al plasmar alguna de las manifestaciones de lo religioso en su versión más popular, como es el caso de la Semana Santa de Sevilla  como un espectáculo y un negocio más en el que se refleja claramente el sistema vigente de clases sociales. Es significativo el caso del terrateniente que, para mantener las apariencias, va de penitente, sabiendo que a la vuelta de la esquina le esperan todo tipo de comodidades y placeres, entre ellos el disfrute de los hijos de aquellos campesinos - la mayoría - que precisan de él determinados favores.

viernes, 15 de febrero de 2013

Llamad a cualquier puerta

Llamad a cualquier puerta

 

  • Título: Llamad a cualquier puerta
  • Título original: Knock on any door.
  • Autor: Willard Motley (1909-1965)
  • Año de publicación: 1947
  • Edición: Barcelona, Luis de Caralt, 1961, 582 págs.
  • Versión española: Julio Fernández-Yáñez

 

Mediante una técnica literaria sencilla, en clara continuidad con la manera de narrar decimonónica, el escritor estadounidense afroamericano  Willard Motley, en esta novela, nos  cuenta la vida de Nick Romano, uno de los cuatro vástagos de una familia de emigrantes italianos que como tantos otros compatriotas a finas del siglo XIX y principios del XX abandonaron la miseria imperante en su tierra atraídos por el sueño americano. La novela comienza en Denver, donde los Romano regentan un próspero negocio, circunstancia que les permite enviar a sus hijos a buenos colegios y habitar un barrio "decente" en el que se codear con personas más que aceptables. Nick se nos presenta como un niño modelo que aspira a la santidad del sacerdocio. Pero un aciago día, como consecuencia de la Gran Depresión, el padre no puede afrontar sus pagos y la apacible existencia de los Romano da un giro radical, transformándose en un agitado mar: pierden el negocio, los acreedores se apropian de sus bienes, se ven obligados a trasladarse a un barrio marginal y Nick pasa de un colegio en el que se le trata con delicadeza y humanidad a otro en el que la religión se convierte en un arma meramente coercitiva y en el que una represión rigurosa lo impregna todo.  

Y como a perro flaco todo se le vuelven pulgas, las calamidades de la familia no se detienen en los mencionados indicadores de descenso en la escala social: Nick entabla nuevas amistades e incitado por ellas, comete pequeños hurtos. Un día guarda en su casa una bicicleta robada por uno de sus compinches, hecho que es descubierto por la policía, y como Nick se niega a delatar a su camarada, es culpado de robo y enviado a un reformatorio. La estancia de Nick en el reformatorio resulta crucial, pues supone una experiencia que le dejará marcado de por vida. Esta institución, lejos de cumplir con su función que no es otra que la de reformar al delincuente en aras a su inserción en el ser social como ciudadano que interiorice o, al menos, se atenga a la ley, se convierte en un nido de futuros proscritos. Tras presenciar y padecer palizas, duchas de agua fría – que provocan el fallecimiento de un compañero días antes de ser liberado – las arbitrariedades y corruptelas de los guardianes y los abusos de alguno de sus compañeros, Nick  recupera la libertad dominado por una actitud de desafía a la sociedad y, especialmente, a los representantes de la autoridad.  

Después de abandonar el reformatorio, Nick se instala en Chicago, ciudad a la que poco antes se había traslado su familia  guiada por la esperanza de un futuro mejor. Los Romano se van haciendo camino con muchas dificultades y altibajos. Pero Nick no está dispuesto a seguir el sinuoso, incierto y, muchas veces, nada fructífero camino del trabajo honrado, por lo que opta por la senda, a priori más prometedora, del juego y la delincuencia. Y es que nada más llegar a Chicago se topa con mendigos, prostitutas, delincuentes de diverso rango y policías corruptos. Será en este ambiente de los bajos fondos y no en las varias escuelas públicas a las que le envían en donde se forjará definitivamente su carácter. Después de un sinfín de peripecias, tras haber cometido un atraco, asesina al policía que le persigue, siendo días después, imputado por ello.

A partir de este momento se abre, a nuestro juicio, la parte más interesante y conmovedora de la novela, ya que se entreveran en una más que aceptable unidad artística mecanismos de la más genuina literatura de suspense y elementos de la crítica social y política más desoladora.

La obra que estamos comentando se encuentra presidida por un mensaje que es a la vez muy claro y enormemente denso. La idea central se capta sin dificultad: Nick Romano es sólo parcialmente responsable de los delitos por él cometidos; la otra parte, quizá la de mayor peso hay que atribuírsela a la sociedad, debido al egoísmo en la lucha por la vida que margina a los más débiles y a la indiferencia frente a las carencias de éstos. Como apunta Morton, el abogado de Nick, en el alegato final en favor de su defendido, Nick Romano no es un caso único, sino típico, esto es, es uno más entre miles de muchachos que pululan  por los Estados unidos sin apenas ilusiones; matarlo en la silla eléctrica en lugar de implantar reformas sociales y morales no hará más que producir otros Nicks, otros chicos – sugiere la novela  de manera implícita pero elocuente -  ante los que en teoría se presentan todas las oportunidades del  mundo, pero que en la práctica son prisioneros de la lotería natural – por utilizar la expresión del filósofo John Rawls – y los caprichos de la fortuna. El párrafo final habla por sí solo:

 

"Muchachos bajo los faroles callejeros jugando a los dados, aprendiendo a vivir. Obscuridad completa, tras el edificio de la escuela en la que se educan y de la que salen orgullosos para ir a contemplar los escaparates llenos de bellas prendas para contemplar a los automóviles que cruzan raudos (…..) deseando saber cuándo llegará el tiempo en que puedan poseer uno de ellos. En Maxwell Street, las prostitutas aguardan en los obscuros portales. Más allá de la calle doce y a ambos extremos de Peoría se encuentran edificios viejísimos de fechadas tristonas que se alinean como ancianos sentados en el pórtico de un asilo. Esperando el final de su mísera existencia

¿Nick? Llmad a cualquier puerta de esta misma calle" (pág. 582).

 

Pero Nick Romano no es sólo un mero producto de la marginación social, sino que representa a un colectivo específico formado, fundamentalmente, por los hijos de los inmigrantes y por los negros. En el capítulo 40, se nos ofrece un breve pero muy tangible cuadro en el que se plasma la alienación laboral de los inmigrantes:

 

"Papá Romano descendió del autobús y, con una papeleta en la mano, dirigióse al lugar designado orgulloso de poder trabajar en algún sitio. Penetró en un amplio solar sucio y cubierto de hielo. Por todas partes veíanse hombres que vestían monos, chalecos de lana, chaquetas azules y abrigos usados. Había italianos, polacos, negros, suecos y mejicanos (…..)

Miró a su alrededor. La mayoría eran como él… hombres macilentos y cansados. Algunos manejaban sus herramientas, lentamente, hiriendo con ellas los terrones de asfalto: otros se apoyaban desconsolados sobre aquellas". (Cap 40, págs 213-214)

 

Pero, además de la desigualdad social, sobre los ciudadanos, en especial sobre los más necesitados, incide otro factor: Chicago. La ciudad de Chicago es presentada casi como un personaje más de la novela, incluso nos arriesgaremos a decir que como uno de sus protagonistas, adquiriendo connotaciones poéticas y hasta mágicas. Así, nos encontramos con expresiones como "los agresivos rascacielos" o "edificios viejísimos de fachadas tristonas que se alinean como ancianos sentados (……)". A continuación de  la gratuita muerte de Jerry, en uno de los episodios que más aproximan  la novela que estamos comentando al tremendismo, el narrador apela a la ciudad como si de un organismo vivo se tratara:

 

"¿Quién puede considerarse superior a la ciudad, a sus calles o a su espíritu? ¿Quién es más fuerte que su maraña de cables eléctricos y su techumbre de humo (…..)

¿Quién es más amplio que su recinto, más musculoso que sus enormes edificios, más sólido que sus oxidadas escaleras de escape? ¿Quién puede resistir la mirada de sus letreros luminosos? ¿Quién es capaz de dormir y de soñar bajo sus innumerables tejados?" ( Cap. 53, pág. 292)

 

El discurso de Morton en el que se hace a la sociedad responsable de las trayectorias vitales de los chicos como Nick condensa ante todo la dimensión ético-social de Llamad a cualquier puerta, obra en la que, a diferencia de otras novelas sociales norteamericanas como La jungla, de Upton Sinclair o Hijo nativo, de Richard Wright, aunque esta última de manera más matizada, no se vislumbra ningún horizonte político explícito, si, por "político" entendemos la adhesión a  una ideología o un partido concretos. Ahora bien, si tomamos el término "política" en su auténtica dimensión como aquello que hace referencia a los asuntos públicos, entonces la novela de  Willard Motley ha de ser leída como una crítica directa al sistema político y, particularmente, al judicial, de los Estados Unidos, no como una crítica a la democracia, sino a los procedimientos antidemocráticos que se cuelan en el sistema democrático; más aún, a todas aquellas prácticas que son democráticas sólo en apariencia. Y es que la mayor parte de la sociedad y de las instituciones encargadas de  preservar los derechos fundamentales del individuo condenan a Nick de antemano: la prensa lo calumnia demagógicamente, los policías intimidan y torturan a algunos testigos para que testifiquen en su contra, el fiscal incurre en sobornos, en la esperanza de ver incrementado su prestigio social, labrado por el hecho de haber enviado a un alto número de personas a la silla eléctrica. El propio abogado defensor ha de cimentar su defensa recurriendo al poder de las apariencias, como lo prueba el que vea con buenos ojos la presencia en el jurado de una mayoría femenina, debido a que las mujeres, a su juicio, se sentirán inclinadas a emitir un veredicto favorable, seducidas por la bella figura de Nick.. Desde luego, la controvertida institución del jurado popular queda bastante mal parada. La voluntad general no se propone hacer justicia sino simplemente vengarse de Nick. De este modo, Llamad a cualquier puerta recoge, unos dos siglos después, el testigo de Cesare Beccaría y la crítica ilustrada a la inutilidad y brutalidad de ciertas prácticas empleadas por los encargados de administrar la justicia

En principio, cabría pensar que Llamad a cualquier puerta es una novela naturalista, a causa de la abundancia de detalles y al excesivo poder atribuido al ambiente. Sin embargo, encontramos una serie de elementos que, a nuestro juicio, la aproximan más a la tradición realista.  Así, la influencia del ambiente no es total pues a Nick se le presentan ciertas oportunidades para lograr una ciudadanía normal: encuentra trabajo, amigos y chicas relativamente bien situadas o con la mente ordenada que le aman. Y es que una de las críticas que se le suelen hacer al naturalismo – en este sentido remitimos, por ejemplo a los ensayos dedicados por el filósofo húngaro Gyorgy Lukács a Zola y sus imitadores - es que elabora sólo tipos humanos mediocres, esto es, que no discrimina entre los personajes, los cuales quedan reducidos a marionetas movidas por los impulsos más primarios y por la codicia, salvo que se trate de seres pusilánimes[1]. Motley también nos presenta trayectorias positivas, como las de Enma y Julián, auténticos héroes de la cotidianidad: o el escritor reformista Grant que, desde que conoció a Nick en el reformatorio, se mantiene firme en el empeño de enderezar la trayectoria del joven; entre los propios pillastres se nos configuran tipos dotados de nobleza y coraje sin por ello perder apariencia de realismo. Además, el final está construido de tal manera que inspirará en muchos lectores un genuino sentimiento catártico: y se apela a la compasión, la amistad y la comprensión entre los seres humanos, lo cual marca una apreciable distancia respecto de la tradición naturalista o, al menos, en su versión más plena.

Eso sí, hay un acontecimiento en la vida de Nick que resulta clave y determinante: su estancia en el reformatorio cuando era adolescente, en donde su carácter recibe una impronta cuya rigidez adquirirá más consistencia y poder que las relativas e inciertas oportunidades que, posteriormente, se  abrirán ante él. Una vez que en los adolescentes se establecen ciertos hábitos, éstos pasan a formar parte de su ser tan profundamente, que nos resultará casi imposible desalojarlos de su espíritu. Esta idea ha sido muy bien asimilada por Willard Motley quien la traduce más que aceptablemente en esa irreemplazable forma de conocimiento que es la novela.

Al igual que otras muchas novelas norteamericanas de entonces, Llamad a cualquier puerta ha adquirido mucha más celebridad en la versión cinematográfica homónima, dirigida por Nicholas Ray en 1949 y protagonizada por Humphfrey Bogart. Se trata de un film que, pese a recoger lo esencial del crudo mensaje que preside la novela, dista bastante de reflejar toda su riqueza, pues, entre otras cosas, introduce una serie de modificaciones que liman un tanto alguna de las hirientes asperezas contenidas en el texto literario.

 



[1] Cfr. Lukács, G. Ensayos sobre el realismo, Buenos Aires, Ediciones Siglo XX, págs 31-33 y 11-125, y "La fisonomía intelectual de las figuras artísticas", en Problemas del realismo, México FCE, 1966, págs 125-171.

lunes, 3 de diciembre de 2012

El Camino del Tabaco

  •  Título: El camino del tabaco.
  • Título original: Tobacco Road.
  • Autor: Erskine Caldwell (1903-1987).
  • Año de publicación: 1932.
  • Edición: Alba, Barcelona, 1997, 190 págs
  • Traductor: Horacio Vázquez Rial[1]

 

La acción de esta novela transcurre en el profundo Sur de los Estados Unidos, en concreto en la zona meridional de Georgia. Está protagonizada por la familia Lester, la cual se encuentra sumida no sólo en la más cruel miseria material sino también en la indigencia intelectual y moral. A mediados del siglo XIX, los Lester eran dueños de una gran plantación que, con el paso del tiempo, se irá mermando debido a la necesidad de conseguir fondos para hacer frente a los cada vez más acuciantes impuestos. Cuando Jeeter, el padre y cabeza de familia, heredó de su padre la plantación, las deudas de la propiedad eran tales que fue embargada, convirtiéndose los Lester en arrendatarios del capitán John, el nuevo comprador. A todo esto, a causa de haber estado consagrada durante años y años al cultivo del algodón, la tierra se hallaba tan agotada que apenas rendía. Por si esto no fuera suficiente, la implacable lógica del progreso tecnológico hizo que las hilanderías prescindieran del algodón y lo sustituyeran por fibras más rentables, provocando que los plantadores como el capitán John abandonaran los campos para instalarse en la ciudad, dejando desprotegidos a sus pequeños arrendatarios, como los Lester, a quienes se les empezó a negar el crédito necesario para comprar una mula y las semillas imprescindibles para seguir cultivando algodón. Finalmente, ni tan siquiera se les facilitó el crédito con el que  adquirir los alimentos más básicos.   

Al comienzo de la novela, el núcleo familiar de los Lester, esto es, los miembros de la familia que aún habitan en la plantación, son el matrimonio formado por Jeeter y Ada, dos de sus hijos, Dude y Ellie May, el primero "un tanto retrasado" y la segunda marcada físicamente por un labio leporino que ahuyenta a los hombres;. y, finalmente, la madre de jeeter. Además, los Lester tienen otros diez hijos que se habían ido desgajando poco a poco del tronco familiar; en algunos casos, de la manera  tan primaria y mecánica como ciertas bestias se separan de su manada. Ninguno retorna al hogar; y el desarraigo familiar alcanza tales proporciones que mientras, por un lado, los padres no son capaces de recordar los nombres de algunos de sus hijos, por el otro, Tom, quien con su aserradero ha alcanzado cierta prosperidad, se niega a auxiliar a sus padres, recomendándoles que busquen refugio en un asilo   

Los personajes que pueblan El camino del tabaco parecen estar más próximos a las creaciones artísticas de un Faulkner que a las de un Steimbeck: o lo que es lo mismo, son más deudoras de la filosofía del hombre que impregna las obras de Zola que de la que se recoge en los textos de Balzac, Galdós o Tolstoi. Cuestión aparte es el hecho de que el estilo narrativo empleado por  Zola diste más de Faulkner que de Balzac. Y es que todos ellos se dejan arrastrar de continuo por sentimientos mezquinos y primarios, siendo incapaces de atenerse a una planificación racional de sus vidas. Con esta idea de hombre que aproxima al ser humano a lo meramente animal y lo aleja de la concepción del animal político postulada por Aristóteles, Caldwell consigue que el lector se distancie de los personajes y el cúmulo de desdichas que los aqueja.

Un sucinto repaso por alguno de los protagonistas de esta novela aclarará la tesis que acabamos de exponer.

Pese a que se nos presentan los esfuerzos que Jeeter el padre, emprende para poder hacerse con las semillas necesarias para recoger una buena cosecha de algodón, el narrador, al principio del capítulo VII, expresa con gran elocuencia la abulia y el fatalismo que inmovilizan a este personaje:

 

"Jeeter siempre tenía bien pensado lo que iba a hacer, pero por una cosa o por otra jamás lo llevaba a la práctica. Los días pasaban rápidamente y era mucho más cómodo dejar todo para mañana, y cuando llegaba ese día, aplazar invariablemente lo que se hubiese decidido para una ocasión más conveniente. Durante toda su vida había sido igual pero eso no quitaba que ahora se sintiera nuevamente dispuesto a quemar las malezas y arar la tierra para cultivar algodón." (pág. 67).  

 

A modo de excusa de su actitud abúlica, Jeeter recurre a un cierto providencialismo fatalista. Así, para justificar su negativa a trasladarse a la ciudad de Augusta a trabajar en las hilanderías, razona del siguiente modo:

 

"La vida de la ciudad no fue dispuesta por Dios (…..). Nunca fue ordenado que un hombre que huele a campo vaya a vivir a una hilandería de Augusta. Puede ser que esté bien para algunos, pero dios nunca dispuso que yo lo hiciera: desde el principio me puso en la tierra y no voy a salir de ella" (págs 74-75).

 

Cuando viaja a la ciudad en compañía de su hijo Dude y de su nuera para vender leña, en lugar de ahorrar el poco dinero que han conseguido de la venta de la rueda de repuesto del coche, lo invierte en pernoctar en un hotel, sólo por el hecho de darse una vez en la vida semejante placer.

La anciana "mamá Lester", que sobrevive a pesar de hallarse consumida por la pelagra, es tratada como si fuera un objeto inservible: la apartan a empujones, la alimentan a base de cortezas de queso y tocino, Jeeter,  su hijo, es hostil con ella por no haberse muerto etc. Cuando, en un arranque de furia, Dude, su nieto, la aplasta con el coche, tiene lugar una de las escenas más crudas de la novela:

 

"Cuando la nube de tierra alzada por el coche se disipó, Ada y Jeeter volvieron al patio. La abuela seguía tendida en la arena con la cara destrozada (…..)

-¿Está muerta ya? – preguntó Ada mirando a Jeeter – No se queja y no se mueve y no creo que viva con la cara toda aplastada.

Jeeter no le contestó, pues el enfado contra Bessie le dominaba hasta el punto de impedirle ocuparse de cualquier otra cosa. Echó otra mirada a la abuela y luego atravesó el patio dirigiéndose a la parte de atrás de la casa" (pág. 173).

 

Pero el personaje más histriónico de la novela es, quizá, la hermana Bessie, viuda de unos cuarenta años que destaca por lo deforme de su nariz. Se trata de una fanática predicadora que pregona una religión de la que ella es la única pastora. Bessie se encapricha de Dude que tan sólo tiene dieciséis años. Para ganarse al chico, se gasta todo el capital de que dispone, unos ochocientos dólares procedentes de su difunto marido, en un coche, vehículo que Dude se encargará de ir destartalando poco a poco. En un episodio digno del Kafka más genuino, Bessie es sacada de la habitación que en el hotel de Augusta comparte con su esposo y con Jeeter y llevada de dormitorio en dormitorio.

Dude se nos presenta como un chico retrasado entre cuyas mayores pasiones está el conducir de manera alocada, básicamente, por el mero placer de tocar la bocina,  y tirar inoportunamente una pelota de béisbol contra la casa. En una de sus aventuras automovilísticas, mata a un negro, incidente que para los Lester no rebasa los límites de la simple anécdota. El lector podrá apreciar cómo Dude, al final de la novela, se dispone a seguir los pasos de su padre, quedando así la duda de si se halla realmente muy por debajo del promedio intelectual de la mayoría de los miembros de su familia; o lo que es peor: la sensación de que éstos apenas le superan en lo que a capacidad intelectual se refiere,

El camino del tabaco es una dura crítica, sobre todo, de la pobreza existente entre la gente del campo del Sur estadounidense y, aunque de manera más indirecta, del racismo y del machismo reinante por aquellos lugares en la primera mitad del período de entreguerras, tema éste último al que apenas  hemos hecho referencia, pero del que el lector se podrá percatar fácilmente. El problema está en que los protagonistas se aproximan hasta tal punto a lo grotesco que se resiente nuestra credibilidad en ellos en tanto seres humanos. Nos queda la duda de si los seres creados por Caldwell responden a unas transitorias, aunque duraderas y profundas, circunstancias de injusticia social o si, más bien, son concebidos como un reflejo de la condición humana en general.

En 1941, John Ford dirigió una versión cinematográfica de El camino del tabaco en la que quedan bien patentes los elementos esenciales de la crítica social de la novela, pese a que la trama experimenta una apreciable variación y a que los acontecimientos más crudos son soslayados o suprimidos



[

1] Editorial Navona, que en los últimos años ha publicado varias de las más conocidas novelas de Caldwell, editó en 2008 El camino del tabaco, edición que incluye la traducción de Horacio Vázquez Rial, el cual, además, forma el prólogo.

martes, 16 de octubre de 2012

La Piqueta

  • Título: La piqueta
  • Autor: Antonio Ferres (n 1924)
  • Año de publicación: 1959
  • Edición: Viamonte, Madrid 2002. 227 págs.

 

Entre la constelación de novelas que a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta se propusieron reflejar los principales problemas de la sociedad española del momento, La piqueta destaca por su talante decididamente crítico. El tema central que aborda esta obra es la dificultad de muchas familias para acceder no ya a una vivienda digna sino, simplemente, a una mísera chabola. Este problema constituye el núcleo de otras novelas escritas por aquellos años como, por ejemplo, En plazo, de Fernando Ávalos o La patria y el pan, de Ramón Nieto.

Nos narra la historia de una familia de emigrantes andaluces que se instalan en una chabola en la zona del barrio madrileño de Orcasitas, construcción que deberá ser derribada por haber sido levantada ilegalmente. La trama principal se va alternando con dos historial que, si bien se presentan como paralelas, terminan integrándose en ella: por un lado, la historia de amor que se entabla entre la todavía adolescente Maruja, la hija mayor del matrimonio de emigrantes cuya chabola está previsto sea derribada, y Luis, un mecánico algo mayor que ella; y, por el otro, las andanzas de tres señoritos, López, Jesús y Hernando, que trabajan como técnicos en una fábrica de bombillas en la que trabaja Juana, una vecina de Maruja, que es seducida por uno de ellos.

Como es muy común en este tipo de novelas que se proponen denunciar la injusticia social y, sobre todo, si corresponden a la primera mitad del siglo XX, los personajes están moldeados conforme a una ideología bastante predecible, pues son tipos, esto es, condensan los rasgos más característicos de determinadas clases o grupos sociales.. Así, Andrés, el padre, que desde un pueblo de Cáceres, probablemente de las Hurdes, emigró a Jaén, en donde conoció a su mujer, es un obrero no cualificado que si bien, al principio, ante el anuncio del desahucio, responde de manera optimista, finalmente, busca refugio en el alcohol y se deja arrastrar por la desesperación. Luis, obrero cualificado, es el personaje más positivo de la novela ya que, lejos de dejarse llevar por el desánimo, se pone en contacto con los padres de Maruja con la finalidad de disipar las reservas que éstos guardan hacia él y se responsabiliza de la chica, El polo opuesto está representado por los tres señoritos que para evadirse del hastío que preside sus vidas, se dirigen a los barrios bajos en busca de jovencitas a las que seducir, para deshacerse de ellas una vez satisfechos sus impulsos sexuales más superficiales.

Pero no nos engañemos, Ferres tan sólo nos deja algún que otro resquicio para la esperanza, ya que la mayoría de los personajes, pese a mostrar su indignación por el inminente derribo, a la hora de la verdad responden con un no menos indignante quietismo. Y es que no sólo se ven impotentes para emprender acciones colectivas, sino que, además, por lo general, ni tan siquiera son capaces de poner en práctica las pocas conductas individuales de generosidad que están en sus manos; así salvo la excepción que confirma la regla, los compañeros de Andrés, que se habían propuesto impedir el derribo, no hacen acto de presencia; y Remigio, un vecino que dispone de una importante suma de dinero ahorrada, cuando llega la piqueta, se refugia en su casa cerrando puertas y ventanas, en un intento de negar la realidad circundante.

Maruja es a nuestro juicio el personaje más logrado, debido a que la configuración de su carácter es la más acabada y, sobre todo, a la humanidad con la que refleja la perplejidad ante la gran ciudad que aqueja al emigrante sin recursos. Ella ha de sortear el cortejo indecente del grupo de señoritos, uno de los cuales le ofrece un trabajo a cambio de ciertos favores; o la xenofobia de alguno de sus vecinos: "Algunos dicen que los de los pueblos habéis llegao a comernos el pan" (pág. 51). Hasta las cosas relativamente menos importantes le suponían un considerable esfuerzo:

"Le ahogaba pensar en el baile. Algunas veces todo se le antojaba como lleno de dificultades, de trabajos. Pensó que para el domingo próximo sólo tenía la blusa que le dieron en la parroquia del pueblo hacía dos años, pero que le valía aún" (pág. 57)

La piqueta es un valioso documento crítico-social traducido en arte. Además de mostrarnos la implacable dinámica social que obliga a los jornaleros de las zonas más meridionales, que sólo tienen trabajo en época de recolección, a trasladarse a las grandes ciudades, en las que su escasísima cualificación profesional tan sólo les permite malvivir, pone de manifiesto las añadidas dificultades que se ciernen sobre la mujer, lo cual queda ejemplificado por la proposición de empleo que López oferta a Maruja y el ambarazo de Juana..

Destaquemos igualmente el acierto en la plasmación del lenguaje y ambientes de las clases bajas Especialmente tangibles resultan las descripciones de ese peculiar espacio en el que se entreveran lo urbano y lo rural:

"El campo brillaba con la mañana de primavera. Era esa mezcla de campo y de pueblo; el escampao revuelto de casuchas. Las posibles calles caían en cuestas suaves. Las paredes parecían más rojas o más blancas a la luz del día; algunas enseñaban los agujeros de sus ladrillos huecos, las celdillas, porque no estaban revocadas y parecían panales de miel, colmenas abiertas" (pág. 50).

"Se notaba el olor podrido del cieno. Un arroyo de aguas turbias pasaba por en medio del prado, venía de las cloacas de la carretera de Toledo y daba vida a la hierba diminuta, provocaba la fermentación de la tierra. Así se había formado aquel campo" (pág. 76)

Javier Alfaya, en la introducción que escribió para la edición de Viamonte, sugiere una lectura política de La piqueta, pues los episodios de exclusión social no aparecen como consecuencia de un destino inexorable sino como el resultado de un cierto orden político. Claro que se trata de un mensaje muy implícito. Todo parece indicar que los vecinos que padecen la pobreza son perdedores de la guerra civil: así, hablando de la guerra, un niño le dice a otro "Mi padre era capitán" (pág. 219).

De este modo, la piqueta cuya sombra se cierne sobre la chabola de Andrés y su familia podría interpretarse como un símbolo no sólo de la opresión sobre las clases más desfavorecidas sino también de la continua represión de la dictadura franquista. Frente a ella, la pasividad de la mayoría de la sociedad que prefiere centrar su atención en pequeños detalles, cerrando los ojos ante lo que verdaderamente importa. Ejemplificando esta actitud de indiferencia, quienes asisten al anunciado derribo optan por detenerse en sus propios pensamientos o por dirigir una mirada morbosa al fontanero que aprovecha la confusión para propasarse con la mujer que tiene más a mano, y los guardias que representan el orden establecido mantienen una conducta en cierto modo análoga pues:

"(…..) Con las caras serias, vacías, atendiendo perezosamente a las pequeñas cosas, a las botas, a los puntos de mira de los fusiles, a la molestia del calor rezumando debajo del charol de los tricornios" (pág. 221)

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Una vida anónima

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  • Autor: Julián Zugazagoitia (1899-1940)

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  • Título: Una vida anónima.

  • Año de publicación: 1927.

  • Editorial: Javier Morata, Madrid

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    Más o menos de manera paralela a la producción artística anterior a la Guerra civil española de los poetas de la generación del 27, tuvo lugar un cierto florecimiento de la novela social. El más conocido de estos novelistas preocupados por los problemas sociales quizá sea el aragonés Ramón J. Sender; otros cultivadores de menor fama son César Arconada, Joaquín Arderius, Andrés Carranque de Ríos Julián Zugazagoitia y José Díaz Fernández, quien en su libro El nuevo romanticismo puso las bases teóricas para la cimentación de toda una estética comprometida con la causa de la justicia social. Díaz Fernández  le pide al escritor que produzca obras literarias que a un mismo tiempo sean de elevada calidad estética y estén decididamente comprometidas con el movimiento emancipador liderado por campesinos y obreros, y critica la estética "escapista" inspirada en José Ortega y Gasset. El resumen que de estas novelas hace Pablo Gil Casado nos puede servir para tener una idea más precisa de este movimiento: "Como consecuencia, la nueva literatura social aparece llena de ardor combativo y de un fuerte tono de denuncia y protesta. La novela se humaniza intensamente y, en conjunto, tiende al realismo, aunque la nueva concepción del arte impone ciertos límites al realismo, principalmente la tendencia a hacer de la masa el personaje principal, suprimiendo al protagonista, la falta de concreción en los conflictos sociales que se reemplaza por la disertación partidista y el odio al mundo burgués" (Gil Casado Pablo: La novela social en España, Barcelona, Seix Barral, pág. 96, 1968-1975.

    Los críticos coinciden en que no todas estas novelas sociales de la década anterior a la Guerra civil responden a los criterios estipulados por Díaz Fernández; por ejemplo, en Una vida anónima, se encuentran de manera bastante atenuada por elementos de la novela sentimental y psicológica.

    La peripecia vital de Zugazagoitia estuvo, desde un principio, intensamente marcada por  el Partido Socialista Obrero Español, a cuyas juventudes se afilió en 1914, con tan sólo 15 años. Durante la II República ocupó cargos en el ayuntamiento de Bilbao y fue diputado por Badajoz .Entre 1937 y 1938, fue ministro de Gobernación con Juan Negrín. Tras la contienda se trasladó a París, donde fue secuestrado por agentes franquistas con la ayuda de las autoridades francesas. Llevado a España, se le fusiló en una de las tapias del cementerio de la Almudena en noviembre de 1940. Llevó a cabo una importante labor periodística en publicaciones como La lucha de clases, El Liberal, de Bilbao o El socialista de Madrid.

    Entre la producción literaria de Zugazagoitia destacan las biografías de tendencia novelesca de Pablo Iglesias y el intelectual socialista vasco Tomás Meabe y las novelas Una vida anónima, que forma con las anteriores una trilogía titulada Trilogía de los hombres, El botín, El asalto y la hasta hace poco inédita Los trabajos clandestinos. Estas últimas obras forman una segunda trilogía.[1]

    Una vida anónima está construida a partir del hallazgo de un manuscrito a cuyo autor, que no desea desvelar su verdadera identidad, se le da el nombre ficticio de Fermín Olarte. Olarte, el protagonista indiscutible de esta novela, es un obrero metalúrgico, activamente comprometido con el Partido socialista, que trabaja en los Altos Hornos de Vizcaya, En primera persona y en un estilo sencillo, nos va transmitiendo sus experiencias  en el trabajo, en las labores de organizador sindical y del partido, en el ámbito familiar e, incluso, como lector. No se trata de un mero registro de hecho, ya que, en todo momento, nos ofrece su punto de vista. Y es que esta narración supone el reflejo del titánico esfuerzo que su protagoniza hace por integrar lo público y lo privado. Para él, ser socialista no implica tan sólo la adhesión a un partido y un sindicato concretos sino toda una actitud ante la vida en general, un continuo ejercicio de autoexamen y superación ética. Es precisamente en esta tensión donde, a nuestro juicio, reside el mayor valor estético-literario de Una vida anónima.

    Al principio de la novela, Fermín tiene asimilada la idea marxista de que el trabajo es la esencia del hombre hasta tal punto que no se deja desmoralizar por las muchas circunstancias que concurren para que el trabajador se sienta alienado y se considere como una bestia donde debiera sentirse plenamente humano:

    "Hay días en que el trabajo, lejos de ser un castigo, como pretende la Biblia, es un goce.  Es fácil saber cuándo la labor es castigo y cuándo es regalo. Depende de la atención que pongamos en el tiempo. Si nuestros ojos siguen a las manecillas del reloj; si nos desinteresamos de ellas y clavamos la atención en las dificultades de nuestra obra, entonces la labor es un regalo. Mi atención estos días está atenazada por los problemas de la pieza que me corresponde fundir. Vivo un poco en ella y vibro fuera de mis manos en la espátula, en el gancho en la paleta (……). Mi labor escapa a la jurisdicción de la fábrica; mientras está en ella es mía, sólo mía" (Una vida anónima págs 34-35)

    El blanco central de estas reflexiones lo conforman la idea bíblica del trabajo como castigo y, sobre todo, los anarquistas, frente a quienes hace una llamada a la moderación y defiende la necesidad de ciertos aspectos materiales e ideológicos del orden establecido. Así, una vez instalado en París, una de las actitudes que más admira en el movimiento obrero francés es su honradez profesional, esto es, la disciplina y el empeño en condenar al ostracismo a los técnicos inútiles y perezosos. Y es que Fermín Olarte tiene muy claro que es preciso que cada obrero se entregue por completo a la creación de capital. Ahora bien, es igualmente su deber luchar para que los beneficios de dicho capital no se queden en manos de las élites capitalistas sino que beneficien al conjunto de la sociedad:

    "(…..) pero nadie, por ahora, cae en la niñería de confundir la riqueza con el rico; el capital con el capitalista. El enemigo tiene los contornos precisos, la silueta reforzada para blancos certeros. El enemigo es el capitalista. Se busca su pecho. La pólvora no rozará, salvo excepciones, descontados los momentos de violencia ciega, el flanco de la riqueza, cuya posesión se disputa. Estas  ideas, comunes a los trabajadores organizados, aclaran ese continuo desplazarse hacia los bulevares, fuera del área de las fábricas, que tienen en París los movimientos iracundos de los obreros."(pág. 158).

    Cuando se presenta la necesidad de la huelga, Olarte se muestra muy reticente, pues entiende que se trata de un procedimiento al que recurrir sólo en última instancia y siempre y cuando cuente con un fuerte apoyo popular. Finalmente, ante la negativa de los patronos a mejores los cada vez más paupérrimos salarios de los obreros, la huelga estalla y participa en ella de manera muy activa. Se trata de la huelga metalúrgica del verano de 1916, en la que en un enfrentamiento con las fuerzas del orden, fallece el obrero Cipriano García, al cual se le hace un homenaje en el cementerio de Sestao en el que tuvo lugar una emotiva intervención de Indalecio Prieto. Tanto Cipriano García como Prieto figuran con sus verdaderos nombres en la novela.

    Pero las energías sociales y cívicas del protagonista  se ven frustradas por una serie de fantasmas, de los cuales los más determinantes son la falta de entendimiento con su esposa y la salud. Y es que, para él, la familia es un elemento fundamental en la construcción del paraíso socialista. Es muy interesante la función que, en este contexto, otorga a la mujer y al movimiento feminista, pues es muy deudora de la concepción decimonónica y dickensiana de la esposa como el ángel del hogar. No tiene desperdicio el fragmento que insertamos a continuación en el que Olarte condensa lo esencial de lo que denomina "socialismo de cocina".

    "Practica – Olarte se está refiriendo a María Marta, esposa de un amigo - un socialismo ignorado, un socialismo que yo llamo de cocina. El mejor en la mujer. Consiste en robustecer la fe del marido, en mantenerle alegre en los días de  desánimo, que son muchos, y en participar de su alegría en las horas de triunfo, dedicadas a la cordialidad. Es un socialismo, ese que llamo de cocina, de abnegaciones y de sacrificios, callado y oscuro. En la cocina, además, se crían nuestros hijos. Es necesario pues que en ella haya un poco de poesía que sólo la mujer, nuestra compañera, cuando es inteligente, fina, puede llegar a poner. El sentimiento de rebeldía puede empezar por un cuento (…..). Ninguna literatura llega a los niños tan rápidamente como una fantasía, un cantar de su madre".

    Este párrafo deja claro que Olarte, y por tanto, Zugazagoitia, entiende que el socialismo no se debe quedar en una ideología meramente economicista, sino que ha de construir una mitología, esto es, una serie de fórmulas que apelen a los sentimientos y a la sensibilidad.

     

    La figura del protagonista, demasiado abrumado por sus problemas personales, hace que los demás personajes, por lo general, se nos presenten un tanto desdibujados y, en algunos casos, parezcan meras creaciones ad hoc, introducidas para fortalecer la línea ideológica del autor. Ese es el caso, por ejemplo, de García, anarquista moderado, con el que Olarte entabla amistad en París y con quien mantiene conversaciones interesantes y aleccionadoras sobre aspectos como la revolución rusa y la violencia revolucionaria. Es también digno de mención Don Alberto, el ingeniero de la fábrica bilbaína en la que trabaja Olarte, el cual en un intento por empatizar con los obreros se declara socialista. Fermín no cree en su socialismo, pero valora positivamente el talante abierto hacia los trabajadores que caracteriza a este personaje.

     

    Por cierto, José María Villarias Zugazagoitia sostiene que Fermín Olarte al final de la novela se termina convirtiendo en el alter ego de Pablo Iglesias:. "pues su diario recoge los últimos sentimientos y etapas vitales de El abuelo,  fecha de muerte incluida (9 de diciembre), (…..) destacando el amor paterno hacia el hijo que tuvo con su primera esposa; la vida sentimental con su segunda mujer" (…..) (Prólogo a El botín, de Julián Zugazagoitia, Madrid, Viamonte, 2004, págs 13-14).

     

    Una vida anónima nos ofrece otros aspectos que nos parecen también interesantes como la crítica que hace a la indefensión en la que se encuentran los ciudadanos sin recursos económicos ante la enfermedad, incluso en un país más avanzado en la conquista de los derechos sociales como es Francia;  las dudas religiosas que aquejan al protagonista o la visita de éste al colegio de ciegos y sordomudos de Deusto para acompañar a su hermano invidente.

     


    [1] Tanto El botín como El asalto y Los trabajos clandestinos han sido publicadas por Viamonte; las dos primeras en 2004 y la última en 2005.